Pequeño panteón portatil: Philippe Lacoue-Labarthe

CON ÉL TODO ADQUIRÍA una profundidad singular. No la profundidad del pathos, ni la de lo oscuro. Una profundidad leal, me gustaría decir, que era lo que yo experimenté de su amistad: reservada, poco nutrida de hechos, casi lejana, y sin embargo absolutamente segura. Sí, había una seguridad en Philippe Lacoue-Labarthe, extrañamente homogénea con ese perpetuo desconsuelo que se veía en el frente al de que el mundo aún no ha logrado ser más que lo que es. Inconsolable y seguro, profundo por la absolutamente leal; tal es su pensamiento, tal como yo lo leo, tal como yo lo entiendo.

Sin duda había retenido –y más aún transformado- la máxima de Heidegger según la cual la esencia del pensamiento es la pregunta. La retuvo porque me parece que hay dos cuestiones que organizaron lo que él se negaba a llamar “tesis” filosóficas, pero que sin embargo lo son, en el movimiento de su experimentación incesante. La cuestión de Auschwitz, sí, remanida, repensada, más allá de Adorno, para que a partir de ella se pudiera tener una medida exacta de la relación entre esa monstruosidad y la genealogía especulativa de Occidente, Heidegger incluido. Y después, incluida y distinta, la cuestión del poema y su modo propio de inocencia posible, tal como lo indica la interioridad no poética del poema, o su esencia ociosa, que también podemos llamar su devenir-prosa. En suma, cuestiones dispuestas entre dos polos de nuestro paisaje historial. El primero: la complicidad de la política mortífera y de la voluntad que configura el gran arte, una complicidad organizada por el motivo mimético de la obra. El segundo: la posibilidad poética de la retirada, en la medida que indica un arte sustraído a cualquier voluntad de contorno, a cualquier monumentalidad. Un arte conforme a todo gran arte. La mediación entre ambos era la complicación del teatro, perdición y salvación.

En este espacio señalizado en que todos vivimos, Lacoue-Labarthe instalaba el trabajo de las cuestiones de dos combates tan explícitos como singulares. Allí estaba su estilo inimitable, rudo y velado, con una dulzura que parecía una opresión, una obligación. Allí donde sobrepasaba la visión heideggeriano del cuestionamiento.

Para descubrir por completo la naturaleza mimética y mitológica de lo que otorga la monstruosidad a la genealogía especulativa, hay que llevar a cabo la crítica del gran arte. Esto quiere decir que hay que ir mucho más allá de lo que intuyó Nietzsche, a saber la nocividad afrodisíaca de Wagner. Hay que demostrar que no sólo el wagnerismo, sino además la mayoría de intentos de rivalizar con Wagner, o de superarlo, están inscritos en un ficcionamiento [fictionement] artístico consonante con la ficción de loa político. Y por lo tanto son genealógicamente contemporáneos del desastre. Musica ficta: figures de Wagner y La ficción de lo político, dos libros fundamentales de Philippe. Wagner es como el nombre del lugar donde experimentar la primera cuestión. La cuestión del fascismo como pensamiento operante.

Y luego, en el otro polo, hay que arrancar el poema de la gran, memorable interpretación heideggeriana, que lo fija –aunque en el colmo del desamparo- en la voluntad, todavía y siempre, de la configuración. Y esta vez son Hölderlin y Paul celan quienes serán afirmativamente decisivos.

Elogiemos de paso la extrema precisión de nuestro amigo muerto. Por más amplias que sean las cuestiones, siempre las asigna a lugares perfectamente circunscritos: una tarea, una frase, una conexión sorprendente entre autores alejados, un episodio… Y nos persuade, por medios sobrios, gestos pensantes seguros, de que ése es sin duda el punto del tiempo y del espacio, el fragmento de la prosa del mundo en que podemos concentrar la cuestión. Una de las tareas, extraordinariamente difícil, y que para él también era un deseo filosófico mayor, era arrancare Hölderlin a Heidegger. Arrancarle Hölderlin a esa hermenéutica poderosa, en algunos aspectos paradójicamente definitiva, que era como una primera invención de ese poeta. Inventar por segunda vez a Hölderlin: uno de los nombres posibles de la pasión de Philippe Lacoue-Labarthe. Y por otra parte, un episodio inscrito en un texto: comprender y decir lo que está dicho y cifrado en el poema “Todtnauberg” de Paul celan. “Todtnauberg” cuenta, se sabe, el encuentro de Heidegger y celan. De ese poema Philippe dice que apenas es un poema, es un devenir-prosa, justamente, donde transita fuera de toda forma de disyunción radical entre la experiencia de la poesía y el reconocimiento del poema por la voluntad y de la configuración. Comprender ese tránsito es comprender la excepción poética respecto de aquello que apoya la monstruosidad. Y todo eso constituye la sustancia de otros dos libros de Philippe: L’imitation des modernes, primero, con uno de los textos más sorprendentes de las últimas décadas, “La césure du espéculatif”, y otro no menos radical, Hölderlin et les Grecs, una verdadera biblia conjugada de quine se pregunte por los destinos conjugados de la filosofía, el teatro y el poema. Y después La poesía como experiencia, libro solitario y atormentado en el que por fin se capta la medida de Celan.
Quisiera volver a decir aquí –y explicar- algo que le escribí a jean Luc Nancy apenas me enteré, en California, de la muerte de Philippe. Qué atravesaba un doble duelo. Duelo por él y por todo lo que nos había dado, lealmente, profundamente. Y duelo por todo lo que aún no había podido darnos. Porque, de algún modo cruel, él mismo se lo había impedido cada vez que su desconsuelo esencial entraba en conflicto con la claridad de las cuestiones. Un duelo virtual, en suma, que como una suerte de dolor supernumerario venía a sumarse al duelo inmediato.

Y es que Philippe trabajaba todo el tiempo con el futuro de las cuestiones. No porque fuera un hombre del diferir o de la promesa interminable. En absoluto. Pero lanzaba al futuro, como piedras claras en el agua oscura, frases nítidas, casi perentorias, fórmulas asertóricas [asertoriques] y cortantes. Esos enunciados, esas fórmulas, todavía no tenían sus contornos completos, sus legitimaciones sutiles, sus apoyos experimentales. Pero los tendrían tarde o temprano, en el despliegue discontinuo y riguroso de su experiencia de pensamiento y escritura. El segundo duelo es quedarse con esas esperas vivas, es haber sido golpeado por esas sentencias, despertado, dado vuelta y luego abandonado por el efecto de la muerte, que los cierra en su proyección hacia algo que quizás, ahora que estamos privados de él, nosotros no entenderemos jamás. Podemos citar algunas de ellas aquí, algunos de esos “dichos” de Philippe Lacoue-Labarthe cuya verdad ahora ha quedado limitada a una evidencia que sobrepasa su contexto inmediato.

En L’imitation des modernes: “Lo trágico empieza con la ruina de lo imitable”. “recomenzar los griegos, es decir ya no ser griego en absoluto.” “La falta política de Heidegger es el abandono de lo trágico.” Y éste, que hoy podemos, en todo caso, leer desde el interior de nuestro dolor: “Dios ha muerto. Tradúzcase: Dios soy yo”.

En La poesía como experiencia: “Lo que cuenta y lo que dice un poema es aquello de lo cual se desprende como poema”. “La poesía es la interrupción del arte.” “Todo poema es siempre demasiado bello, incluso en Celan.” Y este otro, que también suena hoy de modo singular: “E arte según el fin del arte muestra el dolor de la presentación. Podría ser la alegría misma”.

En Musica ficta: figures de Wagner: “Ninguna estética o práctica artística puede declararse inocente de una política”. “La música de Wagner es una música figural.” “[Nos corresponde ir] a ese lugar donde obstinadamente se ha querido articular juntos, y ligar (o re-ligar), el arte y la política. Como concepto de esta religión, queda por destruir la figura”. Y por último éste, donde, contra todo lo que Philippe acusa en Wagner, yo lo identificaré a él con su adversario y a nosotros con los sucesores de ese mago perverso: “La obre de Wagner legó a su posteridad una tarea imposible: continuar lo que está acabado”.

Si de entre esos numerosísimos dichos lanzados al futuro del pensamiento –en primer lugar, ed su propio pensamiento- yo tuviera que retener uno, probablemente sería aquel que he citado varias veces y que, en el puro presente de nuestra historia, suena como una advertencia tan evidente y violenta como difícil de tolerar: “El nazismo es un humanismo”.

El acuerdo o el desacuerdo aquí atañen al desafío wagneriano: “continuar lo que está acabado”. Justamente iba yo a responder a propósito de Wagner. A sostener, en su contra, que ese gran arte no se sostiene con una mitología, que su protofascismo no es más cierto que la captación de Hölderlin por la voluntad configurante de Heidegger, que en realidad el destino efectivo de Wagner todavía está en suspenso, todavía delante de nosotros, tras una larga secuencia de desvío. que, en suma, Lacoue-Labarthe es a Wagner, negativamente, lo que Heidegger es Hölderlin, positivamente: el soporte alterado de una construcción historial. Entonces, siguiendo el camino indicado por las piedras claras que lazó delante de sí, él hubiera respondido, nosotros hubiéramos continuado, discutiendo en la amistad también clara, dístate, profunda. Pero se ha muerto, y hoy alcanza con decir el duelo de lo que se nos ha dado, y el duelo de esa discusión y en todas las otras, amistosas y firmemente suscitadas por él, que no tuvieron lugar y en cuyo curso él nos hubiera dado, por añadidura, el secreto del dar mismo. (Alain Badiou)

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About Carlos de Landa Acosta

ensayista, traductor y artista digital
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