Bernhard Waldenfels: del tiempo y el espacio

Si consideramos el pensamiento moderno tal como se ha formado, bajo una decisiva influencia de la filosofía y de la teología, el tiempo parece tomar ventaja respecto al espacio. El más elevado y creciente prestigio del tiempo puede explicarse por motivos diferentes, de entre los cuales tres se muestran especialmente penetrantes. (1o) El tiempo parece estar más próximo que el espacio a la interioridad del espíritu, del alma, de la conciencia o del vivir. Ya en Agustín la distensión en el tiempo (distentio) puede ser llevada a una concentración (collectio) que llega hasta el proverbial ahora, el momento, que condensa en sí como en un relámpago todo lo que es, lo que fue y lo que será. Frente a esta interpenetración de todo con todo, el puro desencaje del espacio resulta inferior. El cogito cartesiano salvaguarda el otro extremo del tiempo, pues éste sólo tiene duración en tanto (quamdiu) pensamos, pero lo que no tiene es un lugar. En Kant, el tiempo subyace como la forma de intuición del sentido interno y el espacio como la del externo. En Bergson, la pura duración del vivir se contrapone a la espacialización del tiempo mediante representaciones lineales de la temporalidad. Y la serie podría continuar. (2o) Esta delantera que ha tomado el tiempo se explica, además, por la vinculación que éste mantiene con el progreso histórico y, por lo tanto, también porque subyace a una dinámica que contrasta claramente con el estatismo, anclado en el espacio, de las culturas arcai- cas o tradicionales. (3o) El empuje ascendente del tiempo se ve reforzado por una exteriorización y un vaciamiento del espacio que encuentran su justificación metódica en la física moderna, pero que al mismo tiempo nos tientan a «tomar por ser verdadero lo que no es sino un método»1. Al final, el espacio no es más que un contenedor, un esquema vacío, una pura extensio, cuya exterioridad escompensada mediante una interioridad reforzada. Cuanto más exteriores las cosas en el espacio, tanto más interiores el alma y el espíritu. No sería del todo inoportuno hablar del espacio como de un adversario del tiempo.
Se dan hoy numerosos signos que apuntan a un cambio formal de sentido, que no tiene por qué implicar que las relaciones sencillamente se invertan. Se puede constatar que la jerarquización unilateral del tiempo y el espacio y la correspondiente escisión entre espíritu y naturaleza ceden su puesto a un entramado más complejo, en el que el espacio participa como entorno, lugar, sitio o región. Se mencionarán aquí algunos indicios que apuntan hacia un cambio de orientación semejante. En la sociología y la biología se han generalizado desde hace tiempo conceptos como medio y ambiente, que provienen del entorno de un ser vivo o de un grupo humano. En la física más reciente encontramos un campo conceptual en el que el esquema del espacio vacío es sustituido por estructuras espaciales. La teoría de la relatividad y la teoría cuántica han contribuido sobradamente a que se incluya en el concepto de espacio el emplazamiento del observador o la operación de medición. El concepto doble de un espacio-tiempo impide cualquier anteposición o subordinación. El anclaje de los símbolos lingüísticos en la lengua, en un campo de signos ——como en Karl Bühle—r—, abre el camino para que el hablar tenga un lugar genuino. La concepción del lenguaje como escenificación apunta también a un escenario del diálogo, un lugar público. Los lugares conmemorativos, que desempeñan un papel especial en las investigaciones históricas más recientes, dan al lugar un nuevo significado, no en la forma de una espacialización del tiempo que sirva a la mera exposición esquematizante, sino en la forma de una inscripción de los procesos temporales en el espacio, esto es, en forma de huellas que repercuten en la memoria. Procesos de larga duración cristalizan en un paisaje histórico, como el espacio mediterráneo, al que F. Braudel ha dedicado su gran monografía. La antropología cultural y la etnología, que tienen en cuenta la simultaneidad y no meramente la sucesión de las culturas, llevan a que los puntos de vista topológicos de la geografía recuperen peso frente a los puntos de vista cronológicos de la historia. Esta creciente significación de la geografía se corresponde con un interés más reciente en una geopolítica que no tiene ya que ver con consignas ideológicas como la de un «pueblo sin espacio». La técnica de comunicación inherente a la globalización, tan cacareada, pero todavía ni mucho menos suficientemente aclarada, evoca la cuestión de la espacialidad, aun cuando y precisamente porque ésta amenaza con desaparecer en la ubicuidad de Internet. Por último, habría que referirse a una praxis artística que ya desde hace mucho se ha separado de la esquematización artística de un mero espacio de contemplación y se ha desarrollado en numerosas formas de arte espacial como ensamblajes, instalaciones, parques de esculturas o land art. El ambiente así originado no se detiene en las fronteras de la estética, en otro tiempo consideradas con validez sacrosanta, sino que las incorpora a su juego. El arte espacial de la arquitectura gana con ello nuevos aliados, que contrarrestan la escisión entre arquitectura artística y arquitectura funcional. Esta serie de indicaciones podría continuar: existe una topología en la matemática o una tópica en el psicoanálisis. Cuando Freud observa: «la psique se ha extendido; desde dónde, no lo sabemos» (GW XVII, pág. 152), está apuntando también a un desplazamiento de las líneas fronterizas tradicionales.

imagen: Gentile de Fabriano: San Nicolás salva una nave del naufragio en el mar con tempestad

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About Carlos de Landa Acosta

ensayista, traductor y artista digital
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