Marco Polo: la ciudad y los muertos

marcopolo

Jamás en mas viajes había avanzado hasta Adelma. Oscurecía cuando desembarqué. En el muelle el marinero que atrapó al vuelo la amarra y la ató a la bita se parecía a uno que había sido soldado conmigo, y había muerto. Era la hora de la venta del pescado al por mayor. Un viejo cargaba una cesta de erizos en una carretilla; creí reconocerlo; cuando me volví había desaparecido en una calleja, pero comprendí que se parecía a un pescador que, viejo ya siendo yo niño, no podía seguir estando entre los vivos. Me turbó la vista de un enfermo de fiebres acurrucado en el suelo con una manta sobre la cabeza: mi padre pocos días antes de morir tenia los ojos amarillos y la barba hirsuta como él, exactamente. Aparté la mirada; no me atrevía a mirar a nadie más a la cara.
Pensé: —Si Adelma es una ciudad que veo en sueños, donde no se encuentran más que muertos, el sueño me da miedo. Si Adelma es una ciudad verdadera, habitada por vivos, bastaría seguir mirándola fijo para que las semejanzas se disuelvan y aparezcan caras extrañas, portadoras de angustia. En un caso o en el otro, es mejor que no insista en mirarlos—.
Una verdulera pesaba unas berzas en la romana y las ponía en una canasta colgada de una cuerdecita que una muchacha bajaba desde un balcón. La muchacha era igual a una de mi pueblo que se volvió loca de amor y se mató. La verdulera alzó la cara: era mi abuela.
Pensé: —Uno llega a un momento de la vida en que de la gente que ha conocido son mas los muertos que los vivos. Y la mente se niega a aceptar otras fisonomías, otras expresiones: en todas las caras nuevas que encuentra, imprime los viejos calcos, para cada una encuentra la máscara que más se adapta.
Los descargadores subían las escaleras en fila, encorvados bajo garrafones y barriles; las caras estaban ocultas por costales usados como capuchas. “Ahora se las levantan y los reconozco”, pensaba con impaciencia y con miedo. Pero no despegaba los ojos de ellos; a poco que recorriera con la mirada la multitud que atestaba aquellas callejuelas, me veía asaltado por caras inesperadas que reaparecían desde lejos, que me miraban como para hacerse reconocer, como para reconocerme, como si me hubieran reconocido. Quizá yo también me pareciera para cada uno de ellos a alguien que había muerto. Apenas había llegado a Adelma y ya era uno de ellos, me había pasado de su lado, confuso en aquel fluctuar de ojos, de arrugas, de muecas.
Pensé: —”Tal vez Adelma es la ciudad a la que se llega al morir y donde cada uno encuentra las personas que ha conocido. Es señal de que estoy muerto también yo”. Pensé además: —Es señal de que el más allá no es feliz—.

Italo Calvino: Ciudades invisibles
imagen: Marco Polo partiendo de Venecia

Anuncios

About Carlos de Landa Acosta

ensayista, traductor y artista digital
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s