Giacinto Scelsi : Uaxuctum

“Los mayas regíanse de noche para conocer la hora que era por el lucero y las cabrillas y los astilejos.. De día, por el mediodía, y desde él al oriente y poniente, tenían puestos a pedazos nombres con los cuales se entendiían  y se regían para sus trabajos.”

Fray Diego de Landa (Relación de las cosas de Yucatán)

 

 

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Robert Desnos: Tanto Soñé Contigo

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Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad.
¿Todavía hay tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo y besar
sobre esa boca el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto soñé contigo que mis brazos habituados a cruzarse sobre
mi pecho cuando abrazan tu sombra, quizá ya no podrían
adaptarse al contorno de tu cuerpo.
Y frente a la existencia real de aquello que me obsesiona y
me gobierna desde hace días y años, seguramente me
transformaré en sombra.
Oh balances sentimentales.
Tanto soñé contigo que seguramente ya no podré despertar.
Duermo de pie, con mi cuerpo que se ofrece a todas las
apariencias de la vida y del amor y tú, la única que cuenta
ahora para mí, más difícil me resultará tocar tu frente
y tus labios que los primeros labios y la primera frente
que encuentre.
Tanto soñé contigo, tanto caminé, hablé, me tendí al lado de
tu fantasma que ya no me resta sino ser fantasma entre
los fantasmas, y cien veces más sombra que la sombra que
siempre pasea alegremente por el cuadrante solar de tu vida.

Versión de Aldo Pellegrini

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Robin Myers: Poema de amor para Carl Sagan

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Un hombre y una mujer flotan, sin tocarse, en el espacio.

Espacio es una palabra que usamos para vacío,

es decir, un lugar donde no estamos nosotros.

Grabados en su placa metálica, flotan, el hombre y la mujer,

sus manos separadas, hacia cualquier clase de nada

que los absorba, cualquier clase de criatura que algún día

pueda extender un apéndice, membrana, hueco

o algún otro receptor misterioso que pudiera tener

para recibirlos, o no, en un intento de aprender, o no,

qué es una mujer, qué es un hombre,

la forma de sus pantorrillas, cómo se acomodan sus dedos

en un gesto de bienvenida o de reposo.

El hombre y la mujer, flotando en el espacio,

no se tocan, para que la criatura inimaginable

no los confunda con un solo organismo

amorfo, semisimétrico,

unido en el eje que entendemos como manos.

El hombre y la mujer que no se tocan

son cada uno una silueta sólida, de rostro plácido, lisos

por diseño, sus cuerpos desprovistos de color, órganos, accesorios

que revelarían su particularidad a Río de Janeiro, por ejemplo,

al cinturón bíblico, la selva del Congo, el desierto del Sahara

o cualquier otro lugar.

El pene del hombre está presente y flácido.

La vagina de la mujer pulcramente triangular, sin fisura,

para apaciguar a los censores. No hay,

quiero ser clara, absolutamente ningún punto de contacto.

¡Ay, Carl Sagan, la presión!

El terrible peso de la responsabilidad

forjado en el metal, precipitándose ahora castamente

a través de la infinita virginidad del espacio.

Qué tarea, esta inmutable lección de dos dimensiones

sobre la anatomía de todos: pasteurizados

en líneas, decoro y proporciones aproximadas;

sin carne ni funciones ni fricciones de ninguna clase,

sin lunares ni cicatrices ni amputaciones marcadas por líneas de ensamble

ni barbas, por supuesto nada de vulvas

y sin involucrarse, en el sentido

en que mi pie está involucrado con el calcetín, el zapato, la alfombra,

la doctora involucrada con el termómetro

que coloca debajo del brazo del anciano

y con el hombre al que le pertenecen el brazo y la axila.

Sobre nosotros, un hombre y una mujer,

sin tocarse, ahora para siempre

intocables en nuestra memoria,

flotan en el espacio,

como dioses, finalmente, como siempre quisimos,

o al menos en la única manera

que podemos ser dioses.

Está bien, Carl Sagan,

está bien, es cierto.

Con el bosquejo de cualquier forma humana

como retrato definitivo de lo que somos y hacemos,

simplemente no habría manera de evitar la mutación:

una niña en bicicleta se vuelve mítica,

una bestiecilla con alas de dos ruedas

y contornos que cambian de forma con el viento.

¿Qué pensarían de nosotros, esos otros inconcebibles—

ajenos a nosotros en la textura de su piel, si tienen piel,

en sus intimidades con el tiempo, si cuentan el tiempo,

en la cuestión de su antojo por la sal,

si tienen antojos, si ellos son de hecho ellos—?

Consideremos, entonces, la colección de animales:

Hombre y mujer tomados de la mano para luego soltarlas.

Hombre cepillando el pelo de hija.

Mujer pasando la lengua por clavícula de mujer.

Hombre ahorcando a hombre.

Mujer y hombre y hombre y mujer y mujer y mujer

y hombre y mujer y hombre y mujer acurrucados sin querer

unos con otros en el metro.

Mujer desgarrando un hueso de puerco con los dientes.

Hombre meciendo una pistola.

Muchacha tocándose hasta quedarse dormida en choza con techo de lámina corrugada.

Niño besando niño en la sombra de lago y esperando

sesenta años para hablar del tema.

Hombre acercándose a mujer en colchón que memoriza su forma

y sin embargo los olvida mientras ellos luchan

para encontrarse en el centro fundido de lo que sienten

y desaparecer en el espacio que los separa.

Hace poco, un hombre y yo nos sentamos junto a una cascada

con las piernas en la corriente y nuestros hombros tocándose.

Sé que sentí el cuerpo salvaje y vasto del río

y el cuerpo breve y cálido del hombre y sé

que mi cuerpo estaba involucrado con los dos, y ¿quién puede negar

que hayamos formado, juntos,

aunque sea por un momento,

un nuevo animal?

 

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Versión de Isabel Zapata.

 

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Juan Ramón Jiménez: Espacio (fragmento)

Lars van de Goor

Los dioses no tuvieron más sustancia
que la que tengo yo. Yo tengo, como ellos,
la sustancia de todo lo vivido
y de todo lo por vivir. No soy presente sólo,
sino fuga raudal de cabo a fin. Y lo que veo
a un lado y otro, en esta fuga,
rosas, restos de alas, sombra y luz,
es sólo mío,
recuerdo y ansia míos, presentimiento, olvido.

¿Quién sabe más que yo, quién puede,
ha podido, podrá decirme a mí
qué es mi vida y mi muerte, qué no es?
Si hay quien lo sabe,
yo lo sé más que ése, y si lo ignora,
más que ése lo ignoro.
Lucha entre este saber y este ignorar
es vida, su vida, y es la vida. Pasan vientos
como pájaros, pájaros igual que flores,
flores soles y lunas, lunas soles
como yo, como almas, como cuerpos,
cuerpos como la muerte y la resurrección,
como dioses. Y son un dios
sin espada, sin nada
de lo que hacen los hombres con su ciencia;
sólo con lo que es producto de lo vivo,
lo que se cambia todo; sí, de fuego
o de luz, luz. ¿Por qué comemos y bebemos
otra cosa que luz o fuego? Como yo he nacido
en el sol y del sol he venido aquí a la sombra, ¿sol del sol, como el sol alumbro?, y mi nostalgia, como la de la luna, es haber sido sol
y reflejarlo sólo ahora. Pasa el iris
cantando como yo. Adiós iris, iris,
volveremos a vernos, que el amor
es uno solo y vuelve cada día.

 

imagen: Lars van de Goor

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Enrique Florescano: el Popol Vuh, la memoria del pasado

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Al ocurrir la conquista española, los antiguos medios de comunicación mesoamericanos sufrieron alteraciones profundas, pero continuaron transmitiendo su mensaje esencial. En todas partes los antiguos pueblos y los recién fundados actualizaron sus mecanismos orales y visuales para recordar el pasado, adquirieron algunas de las técnicas europeas para registrar los hechos históricos e inventaron nuevas formas de conmemorar sus tradiciones y heredarlas a sus descendientes. Lo que más asombra de este proceso de sobrevivencia colectiva, es que estos pueblos continuaron almacenando y actualizando el mismo mensaje que habían aprendido en los albores de su civilización. Cuatro o cinco siglos después de la conquista, en los más remotos y contrastados lugares de Mesoamérica, los viajeros descubrieron en los descendientes de esas culturas una concepción semejante acerca de la creación del cosmos, y escucharon asombrados el conocido ciclo de enfrentamientos entre las potencias creativas y las destructivas que desembocaba en el triunfo del héroe civilizador sobre los temibles representantes de las potencias infernales. Este ciclo cósmico culminaba siempre en el nacimiento del dios del maíz y en la creación de los seres humanos, el tiempo y la civilización.

Como lo saben los lectores del Popol Vuh, la contienda que opone en el inframundo a Uno y Siete Junajpú contra Uno y Siete Muerte, se desenvuelve a través de una serie de estratagemas ideadas por estos últimos. A la postre, los Gemelos no son capaces de sortear los artificios que les tienden los señores de Xibalbá. La incapacidad de los Gemelos para enfrentar las malas artes de la gente de Xibalbá se resuelve en el sacrificio de ambos, en la decapitación de Uno Junajpú y la colocación de su cabeza en un árbol próximo a la cancha de juego, llamada Lugar del Sacrificio del Juego de Pelota. Por un acto milagroso, la calavera de Uno Junajpú impregna con su saliva la mano de una doncella de Xibalbá, y éste es el origen maravilloso de los Gemelos Divinos, la segunda pareja de mellizos.

El gran acto de la creación del cosmos y de una nueva humanidad se origina por una carencia. Desde las páginas iniciales del mito, los dioses creadores (el Hacedor. Dador de la Vida. Dador de la Luz, la Suprema Serpiente Emplumada) declaran que no hay quien los nombre ni quien los alabe y sustente.  Para colmar esa deficiencia, discurren crear un cosmos organizado, poblado por seres dedicados a sustentar y reverenciar a los dioses. Dijeron los dioses: “tenemos que hacer al que nos sustentará y nutrirá”, a “quien nos alabe”.

Los dioses ponen el mayor empeño en esta tarea, pero sus esfuerzos se paralizan por dos fracasos iniciales. Entonces llaman en su auxilio a Xpiyakok y Xmukane, divinidades que tienen el don de la clarividencia. Los sabios proponen hacer unos seres de madera, pero este intento también se malogra y termina con un diluvio devastador. Así, la primera parte del Popol Vuh concluye con el fracaso de la tercera creación y la aparición de unos personajes ostentosos que pretenden usurpar el lugar de los dioses.

Por participar de esta naturaleza mezclada, la actuación de Junajpú y Xbalanké es completamente distinta a la de los anteriores protagonistas del PopoI Vuh. y condiciona la participación de los otros actores que intervienen en la creación del cosmos. Los Gemelos Divinos, en lugar de combatir a las fuerzas creativas del cielo o de luchar con las germinales del inframundo. se esfuerzan por integrar ambas regiones en un nuevo orden. El triunfo de los Gemelos sobre los tres personajes que pretendían arrogarse los poderes de los dioses celestes, o contra las temibles nueve deidades que custodian los nueve pisos del inframundo, no aniquila esas regiones sagradas. Más bien, la victoria de los Gemelos simboliza el fin de las contradicciones que se habían suscitado en esos ámbitos cuando emergió la superficie terrestre. Su triunfo integra la nueva formación cósmica en un orden armonioso. A partir de ese momento, el inframundo. la superficie terrestre y el cielo, en lugar de combatir entre sí, unen sus fuerzas para infundirle estabilidad al cosmos.

Ai mismo tiempo que la acción de los Gemelos trabaja en la fundación de esta armonía, sus actos exaltan los valores que se desea regulen el orden social. Desde el nacimiento de los Gemelos Divinos, el relato va definiendo las relaciones sociales que deberían normar la célula familiar. En estos pasajes los ancestros ocupan el lugar privilegiado de la organización social y familiar, y los hombres el rango más alto. Las mujeres están reducidas al medio doméstico y subordinadas a los valores masculinos. El ideal social es patriarcal, jerárquico y autoritario. En el Popol Vuh la conducta y las acciones de los dioses son la fuente de las principales prescripciones sociales y normas éticas:

“Aquí recogeremos la declaración, la manifestación, la aclaración de lo que estaba escondido, de lo que fue iluminado por los Constructores, los Formadores, los Procreadores, los Engendradores; sus nombres: Maestro Mago del Alba, Maestro Mago del Día [Gran Cerdo del Alba], Gran Tapir del Alba, Dominadores, Poderosos del Cielo, Espíritus de los Lagos, Espíritus del Mar, Los de la Verde Jadeita, Los de la Verde Copa; así decíase. Rogábase con ellos, invocábase con ellos, a los llamados Abuela, Abuelo, Antiguo Secreto, Antigua Ocultadora, Guarda Secreto, Ocultadora, Abuela [que forma parte] de la Pareja [Mágica de Abuelos], Abuelo de la [misma] Pareja. Así está dicho en la historia Quiché todo lo que ellos dijeron, lo que ellos hicieron, en el alba de la vida, en el alba de la historia.

Pintaremos [lo que pasó] antes de la Palabra de Dios, antes del Cristianismo: lo reproduciremos porque no se tiene [ya más] la visión del Libro del Consejo, la visión del alba, de la llegada de ultramar, de nuestra [vida en la] sombra , la visión del alba de la vida, como se dice.”

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Carlos Pellicer: A Frida

boda 1929 frida diego

I

Si en tu vientre acampó la prodigiosa
rosa de los colores, si tus senos
alimentan la tierra con morenos
víveres de espesura luminosa;

si de tu anchura maternal la rosa
nocturna de los actos nochebuenos
sacó tu propia imagen con serenos
desastres en tu cara populosa;

si tus hijos nacieron con edades
que nadie puede abastecer de horas
porque hablan soledad de eternidades,

siempre estarás sobre la tierra viva,
siempre serás motín lleno de auroras,
la heroica flor de auroras sucesivas.

II

Como quien tiene flores en la mano
y se queda mirando un pueblo entero
para entregarle el corazón, te quiero.
(No pude ser tu buen samaritano.)

Nada en nuestro dolor ha sido en vano;
que vengan los pinceles: el primero
teñido en sangre te dirá en jilguero
su lágrima ambulante por el llano.

Estás toda clavada de claveles.
Fuego a la sangre pegan los pinceles.
Un niño ensangrentado sube al cielo.

Yo acampo en un abismo de ternura,
seco de sed. Tu corazón, al vuelo,
dejó caer un poco de su altura.

 

imagen: Frida Kahlo y Diego Rivera el día de su boda, 1929

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Matsuo Basho: Sendas de Oku

hengki Koentjoro

 “Este camino nadie ya lo recorre, salvo el crepúsculo.”

imagen: hengki Koentjoro

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Víctor Manuel Cárdenas: A la hora del fuego

 

Dani Yako2

No es necesario gritar a las cuatro esquinas que nos destruye el tiempo. Tú lo sabes. La casa te vistió de sepulcro y estás descalza, desnuda ante una ventana poblada de pancartas y silencios. Ocurre esta noche el balbuceo de los frutos maduros, la voz de un animal destrozado sobre su pronta sangre. Son las dos y te rodean Naquem, Nicaragua, El Salvador, labios de bocas sin dientes pidiendo pan. No es necesario beberse a los árboles para entregarse a la muerte, basta tu sexo recibiendo el impulso de puñal para blasfemar frente a las ciudades, frente a los ríos que ruedan con sus ojos ciegos. Puedes pasar la noche cubriéndote del frio con las pancartas, con las voces de los muertos colgando de tu nariz. No hay más verdad que la que observas, la que te impide dormir, la que te avienta a la calle para ser pisoteada en el asfalto.

imagen: Dani Yako

 

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Artur Rosa: Shores of Eridanus

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¿Y si el futuro fuese el tiempo al que nos lanzamos como especie en busca del cumplimiento de un deseo expulsado de nuestra memoria en un pasado remoto, destinado a presentarse siempre espectralmente?

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Odysseas Elytis: Las pequeñas épsilon (fragmento)

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Las amarguras que el tiempo arroja dentro de mí las sustrae de mis poemas. Me he llenado de arrugas, para permanecer terso ahí donde nadie me recordará. Una rosa que se vuelve poesía te puede destrozar mucho más que un puñetazo que no se vuelve poesía. Millares de palabras se marchitan en los libros rojos, cuando una simple muchacha dispara. Al parecer, incluso para derrocar gobiernos -qué triunfo- se necesita la buena calidad. En la tristeza de la interminable mediocridad que nos ahoga por todos lados, me consuela que en algún lugar, en alguna habitación pequeña, algunos obstinados luchan por eliminar el desgaste. Con pleno conocimiento de que un día este planeta se congelará o se incendiará junto con sus logros. Ellos, otro tipo de héroes, son los que harán quedar bien a la alguna vez humanidad.

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