Héctor Viel Temperley: El nadador

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Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arrollos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.

 

imagen: Nadadores, de la serie Le Supreme Bon Ton, c. 1810

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Michel Serres: La mezcla (el origen de la geometría)

KRONOS Y AIÓN

La palabra tiempo deriva de uno u otro de dos verbos griegos, contradictorios, de los que uno, τέμνω (temno) significa cortar, de donde sacamos sin duda nuestras medidas y nuestras fechas, y la otra, τέiνω (teino), tender, cuyo estiramiento expresa muy bien el flujo continuo sin ruptura.
Atemperar, temperancia, temperamento, tempestad, intemperie, temperatura, términos todos ellos de la misma familia, designan, en su conjunto, una mezcla, cuya idea precede, asocia y federa los dos sentidos, cronológico y meteorológico, del término tiempo, único en las lenguas latinas, y correspondiente a dos vocablos separados, en las lenguas germánicas: time o zeit y weather o wetter, lenguas que han olvidado o abandonado voluntariamente esa fuerte comunidad.
Vieja escena campesina: todas las mañanas, al despertar, antes de decidir que trabajo emprender, el cultivador examina u observa el cielo y trata de apreciar, de prever, de evaluar, de pesar, las intemperies que le…

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Cesare Pavese: El tiempo

Ilse Bing, Greta Garbo, 1932

 Desde joven tuve una sospecha, la de que quien no durmiera nunca envejecería. O acaso el tiempo afloraba en los recuerdos, en las pausas en las que me detenía sorprendido de mí mismo, cuando me parecía despertarme como uno se despierta por la mañana, y sabía que otro día había pasado, otra vida, otro encuentro. La presencia de los otros era una ocasión que tenía de vivir y de huir del tiempo, y la buscaba con una avidez que no cesaba ni siquiera a altas horas de la noche. En la noche, en la oscuridad, esta presencia volvía a asaltarme y me obligaba a hablar como si tuviese un interlocutor, y me resultaba fácil charlar conmigo mismo, porque el día y las frases interrumpidas me dejaban la tranquila certeza de que mi diálogo con los demás se reanudaría al día siguiente y mientras tanto me alimentaba con ellas en soledad. De veras, por esos años el tiempo afloraba solo si dormía o si reflexionaba sobre el pasado. Las dos cosas formaban para mí una sola, porque salía de ellas —me despertaba— avistando la luz y el presente con idéntico escalofrío incrédulo. Mi placer de tornar al mundo era nuevo cada vez.

       No podía creer que los viejos, que duermen poco, pasaran las horas en vela, y especialmente las del alba, rememorando el pasado. Estar despierto significa pensar y vivir, esperar la luz y divagar. Aunque fueran viejos y duchos a un tiempo, sus sentidos endurecidos y su sangre espesa deberían tener mucha más necesidad del choque y el revoltijo de la vida. Esta vida estaba hecha de rostros y de cosas, de estallidos, de voces, era un incesante encuentro, un movimiento que no había pasado. No entendía cómo alguien se podía detener dócilmente, aunque fuera por saciedad, y abandonarse como ellos a los recuerdos. Eso significaba sentir el tiempo, y la muerte.

       Por mi parte, hasta los recuerdos más remotos me sorprendían como descubrimientos. Eran otros tantos despertares que me devolvían al presente. El hecho más singular —tanto que a menudo lo provocaba artificialmente— era advertir que un gesto, un color, una voz, los había ya visto y oído quién sabe cuándo, y que por ello resurgían de mi propia conciencia más que de las cosas que me rodeaban. Ante esta sospecha, ante esta certeza de sentirme enraizado en el mundo, experimentaba un tranquilo entusiasmo que, aun estando limitado por su naturaleza a mis ojos y a mi cuerpo, podría en su fugacidad sacudirme como un encuentro humano. Estos despertares siempre inesperados tenían realmente algo de la presencia de otro, la presencia de un amigo, o la otra, aún muda, de quien lo será pronto y callando camina a nuestro lado y nos mira. Cosas no dichas se traslucían al fondo del instante como un objeto conocido en el fondo del agua de un estanque, y habría bastado el leve valor de zambullir la mano para tocar la lejana e inasible apariencia. Esto ocurría sobre todo al mudar las estaciones, cuando el aire está impregnado de escalofríos de pasado que, frescos e inesperados, nos traen antiguas certezas. Esta antigüedad, estos escalofríos, me daban algo así como un incremento de vida, como una sensación de que bajo el lábil instante se acumulase un tesoro ya mío, que solo debía reconocer.

       Por esto, nada más caro para mí que, en ciertas noches de abril o de octubre, tras tanto hablar y escuchar, al volver a casa con un amigo de mi edad retrasar la despedida. Callábamos, o parloteábamos de cosas indiferentes; por el aire pasaban tenues resplandores, ecos, voces lejanas. Entre las cumbres de los tejados parpadeaban las estrellas, o, a veces, entre las ramas de un árbol, como en un extraño juego surgía la luna, dibujando bambalinas de sombra entre las casas, o sobre la colina del otro lado del río, fragmentándose contra las plantas y desbordándose en el cielo. Mi amigo callaba y se detenía; yo sentía traspasados mis sentidos, mi piel, por el hálito de otras noches como esta.

       Una noche surgía la luna sobre la ladera de la colina. Los arbolitos lejanos eran negros; la luna, enorme, madura. Nos detuvimos. Yo dije: —Todos los años, en septiembre, la luna es la misma, y sin embargo nunca la recuerdo. ¿Tú sabías que era amarilla?

       Mi amigo miró la luna, y se lo pensó. De veras me parecía que nunca la había visto así, pero al mismo tiempo tenía en la boca su sabor, saludaba en ella algo antiguo, infantil, hasta tal punto que dije:

       —Es una luna de viñedo. De niño creía que los racimos de uva los hace y los madura la luna.

       —No sé —respondió mi amigo—. Para mí siempre es la misma.

       Ahora el escalofrío me había abandonado y la luna con su sabor de vendimia nos miraba a ambos como una criatura a la que yo conocía y recobraba. Y, como una criatura, su pasado no contaba para mí, que era joven y habría podido ir a su encuentro y hablarle, subir hasta allí arriba entre los arbolitos, entre los dulces vapores estivales que siempre habían existido y no envejecen nunca. Mi amigo callaba, y yo pensaba ya en el placer que sentiría al día siguiente llevando en mí bajo el sol la certeza de que también la noche está viva.

       Así pasaban para mí aquellos días, monótonos y frescos, con su novedad. No sabía que su tumultuosa audacia la vería un día como un quieto recuerdo.

 

Originalmente publicado en Il Messaggero de Roma (26 de mayo de 1942)

imagen: Ilse Bing

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Boris Pasternak: Vivir sin imposturas

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Hay que vivir sin imposturas

Vivir de modo que con el tiempo

Nos lleguemos a ganar el amor del espacio,

y oigamos la voz del futuro.

 

Hay que dejar blancos

En el destino y no en el papel

y en los márgenes anotar

Pasajes y capítulos de la vida entera.

 

Debemos sumirnos en el anónimo

Y ocultar en él nuestros pasos

Tal como se oculta el paisaje

Tras una niebla espesa.

 

Otros siguiendo tus huellas, frescas

Recorrerán tu camino palmo a palmo,

Pero tú mismo no debes distinguir

La derrota de la victoria

 

No debes renunciar ni a una brizna de ti mismo.

Tú debes estar vivo.

Solamente vivir

Hasta el final.

 

versión: Gabriel Barra

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Bernhard Waldenfels: del tiempo y el espacio

KRONOS Y AIÓN

Si consideramos el pensamiento moderno tal como se ha formado, bajo una decisiva influencia de la filosofía y de la teología, el tiempo parece tomar ventaja respecto al espacio. El más elevado y creciente prestigio del tiempo puede explicarse por motivos diferentes, de entre los cuales tres se muestran especialmente penetrantes. (1o) El tiempo parece estar más próximo que el espacio a la interioridad del espíritu, del alma, de la conciencia o del vivir. Ya en Agustín la distensión en el tiempo (distentio) puede ser llevada a una concentración (collectio) que llega hasta el proverbial ahora, el momento, que condensa en sí como en un relámpago todo lo que es, lo que fue y lo que será. Frente a esta interpenetración de todo con todo, el puro desencaje del espacio resulta inferior. El cogito cartesiano salvaguarda el otro extremo del tiempo, pues éste sólo tiene duración en tanto (quamdiu)…

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Guillaume Apollinaire: El futuro

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Levanta la paja

Y mira la nieve

Escribe tus cartas

Recibe tus órdenes

.

Fumando una pipa

Piensa en el amor

Hay aquí gaviones

Contempla la rosa

.

Aún mana la fuente

Y hay oro en el heno

Observa a la abeja

Olvida el futuro

.

Mírate las manos

Porque son la nieve

La rosa y la abeja

También el futuro

Versión: ULALUME GONZÁLEZ DE LEÓN

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Tōru Takemitsu: Nostalgia (1987)

ながらへば Si he de vivir más tiempo
またこの頃や Me pregunto si volveré
しのばれむ A anhelar estos días
憂しと見し世ぞ El mundo que algún día amargo contemplé
今は恋しき Ahora me resulta querido

Fujiwara no Kiyosuke (1104-1177)

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Bernardo Ortiz de Montellano: Tiempo

Ivana Stojakovic

Porque el tiempo se mide, no se cuenta,

su luz a la distancia sobrevive

el aire pierde espacio en la tormenta

y en el suelo lo extraño se percibe.

Porque el tiempo se goza, no se cuenta

la secreta aventura que se vive,

burlas de horror y sed nos alimenta

y en alta noche amor su mano escribe.

.

Cuando en los ojos de la infancia advierto

el color sin colores de la vida

que al agua de los años se diluye,

.

busca mi sed el agua que no ha muerto,

que aquí en la soledad de su guarida

el alma se hace, el cuerpo se destruye.

.

imagen: Ivana Stojakovic

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Gustav Holst: Suite japonesa, 1915

En el agua hay un reflejo. Es alguien que va de viaje (Basho)

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Ana Ajmátova: La mujer de Lot

KRONOS Y AIÓN

sodoma i gomora

Y el hombre justo acompañó al luminoso agente de Dios
por una montaña negra, siguiendo su huella,
mientras una voz incansable acosaba a la mujer:
—No es demasiado tarde, aun puedes mirar hacia atrás.

Hacia las torres rojas de tu Sodoma nativa,
al patio donde una vez cantaste, al pabellón para hilar,
a las ventanas de la enorme casa
donde la descendencia santificó tu lecho conyugal.

Una sola mirada: súbita punzada de dolor
en sus ojos, antes de poder emitir cualquier sonido.
Su cuerpo se derritió en sal transparente
y sus ligeras piernas claváronse en la tierra.

¿Quién penará por esta mujer? ¿No le resulta
de sobra insignificante a nuestra incumbencia?
Incluso así, nunca la negaré en mi corazón,
ella que murió porque eligió volverse.

(versión Kyra Galván)
imagen: Mirogoj: Sodoma y Gomorra

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