Maya Angelou: pasar el tiempo

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Tu piel como el amanecer

la mía como el musgo

Una describe el principio

de un final innegable.

La otra, el final de un

principio seguro.

versión: Sandra Toro

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Philip Glass: Metamorfosis

Nada el lobo entre las ovejas, bermejos leones lleva la onda, la onda lleva tigres, y ni sus fuerzas de rayo al jabalí, ni sus patas veloces, arrebatado, sirven al ciervo, y buscadas largo tiempo tierras donde posarse pudiera, al mar, fatigadas sus alas, el pájaro errante ha caído.

Metamorfosis, Ovidio

 

 

 

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Aj Astájova: El último amanecer

The Birth of a NationD.W. Griffith 1915

Imagínate por un momento: el último amanecer.
En la cama tendidos, rodeados de médicos,
Un hombre de unos ochenta años,
Sin atisbo de duda, ni una gota de tristeza.

Él mira la pared y ve un retrato,
En el que sonríe desprendiendo rayos
Una bella mujer de unos cuarenta años,
Sin atisbo de duda, ni una gota de tristeza.

¡Y no dudan los médicos de que ya es la hora!
¡Qué se encuentren en las tierras vistas jamás!
El hombre y la mujer sin edades,
Sin atisbo de duda, ni una gota de tristeza.

versión:  Kseniya Tokareva

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Hans Latt: Kronos durmiendo, 1904

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¿Qué fue de Kronos después de haber sido derrotado por Zeus? ¿Cuál es su lugar en los misterios órficos?

 

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La muerte cala de veras

 

“¡Oh, Saturno, escafandra de siglos en mi siglo, descenderás conmigo entre los brazos a un mundo de sigilos. Y detrás de la muerte —centinelas— ojos de dos en dos vivos, cautivos.”

Bernardo Ortiz de Montellano

 

Imagen: Henriquez Lara estudio

 

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Esperanza Guisán: el tiempo de la sumisión

KRONOS Y AIÓN

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“Alguien ha de decirle al que sufre: ‘¡Levántate y lucha, no permitas que te roben tu hora de gozo. Enfréntate a los dioses como Prometeo. Muere, si hay que morir, pero no consientas convertirte en una agente pasivo de tu propia miseria!’ Alguien ha de decir a la gente que ya acabó el tiempo de la sumisión, de la cobardía, de las verdades a medias, del aparentar ser algo, del ocultar la vergüenza de no ser ninguna cosa, de no tener ningún objeto valioso que acariciar al crepúsculo.
Es preciso, necesario y urgente decir en voz baja y voz alta, por altavoces y mediante susurros, a los cuatro vientos y en cada oído: No desprecies tu vida en buscar cosas, no te entregues a nadie a cambio de cosas. Solo tu felicidad vivida profunda y perdurablemente tiene valor. Solo si te miras cada día al espejo y te encuentras digno…

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Los filósofos, la esfera y el conocimiento

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“El mito pone en juego una forma de lógica que podemos llamar, en contraste con la lógica de la no-contradicción de los filósofos, una lógica de lo ambiguo, de lo equívoco, de la polaridad. ¿Cómo formular, incluso formalizar esas operaciones de báscula que invierten un término en su contrario, manteniéndolas a distancia desde otros puntos de vista? J.P. Vernant

Una enigmática escena en torno a una esfera se nos muestra en el famoso mosaico de la torre Annunziata, de Nápoles, así como en la que parece ser una copia de la villa Albani, ambas, reproducciones romanas de un original helénico perdido. ¿Quiénes son los sabios presentes en la misma? ¿La escena describe a los siete sabios de Atenas?, o bien, ¿representa un elenco de filósofos de la Academia platónica? Al fondo, es posible observar la Acrópolis, incluso el Partenón de Atenas. El conjunto de hombres discurre plácidamente a la sombra de un árbol, en un espacio propicio demarcado por tres columnas, tal vez una suerte de santuario rural. En el suelo, junto a una caja abierta que al parecer contiene papiros, una esfera dorada bordeada por franjas rojas destaca de su pedestal; dicha esfera es sin duda el centro de atención de los sabios presentes. En el caso de que la escena representase la antigua tradición de  hoi hepta sophoi, los siete sabios, que data del siglo VI A.C, la esfera celeste representaría, de acuerdo a Platón (República, 600, citando a Tales de Mileto), una de las virtudes del grupo: la invención de artefactos científicos, es decir, un símbolo de su sabiduría. A su vez, cada uno de los personajes daría cuenta de un aspecto de la sabiduría universal resumida en un aforismo. Por su parte, Konrad Geiser, encuentra en los personajes del mosaico a miembros de la Academia platónica, la cual, como se sabe, estaba situada exo teichous, es decirfuera de las murallas de la ciudad. El personaje de la izquierda correspondería al lector, Heráclides de Ponto,  conocido por su teoría del movimiento de los objetos celestes. La segunda figura sería la de Espeusipio, sobrino de Platón,  mientras que el propio Platón sería quien aparece apuntando a la esfera. Los restantes pensadores serían Eratóstenes, Eudoxio, Xenócrates y Aristóteles. Es en la propia República de Platón donde encontramos el simbolismo tanto mítico como cosmológico de la esfera celeste, entendida como una suerte de máquina detiempo (cuyo engranaje consistiría en un serie de ruedas girando al interior de ocho hemisferios concéntricos), controlada por las moiras, diosas de la fortuna que, con su acción sobre la misma, determinan las porciones de fortuna de cada ser humano.  En este sentido, serían las moiras las encargadas de manera obligada e inexcusable (ni siquiera los dioses pueden interferir) de determinar nuestro futuro. Tan sólo Helios, una deidad perteneciente a los titanes, e hijo de Hiperión, era el único capaz de influir sobre las moiras y dar vuelta atrás a los hilos del tiempo. De este modo, la personificación del sol en la mitología griega se convirtió en la única deidad a la que se podía implorar para alterar la fatalidad de nuestro destino (Apolo, por ejemplo, da en vano oráculos a los humanos con el fin de escapar a las penalidades de los ciclos celestiales). El tiempo en la antigua Grecia se convirtió así en la encarnación misma de la fatalidad, brotó con ello el tiempo de la tragedia.

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Sigur Rós: el largo viaje alrdedor de Islandia

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Cornelisz van Haarlem: la caída de los titanes (Τιτανομαχία)

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En la Teogonía de Hesiodo se cuenta que hubo una guerra por el dominio del universo, fue conocida como la guerra de los titanes o titanomaquia (Τιτανομαχία). Dicha batalla decidiría qué generación de dioses sería el amo del universo: si la de los Titanes, antiguos dioses del monte Otrys, o la de los dioses del monte Olimpo, finalmente los triunfadores de la contienda. El inicio de esta guerra cósmica estalla después de que Kronos, el más joven de los titanes, castrase y destronase a su padre Urano (Ουρανός) la representación misma del orden celeste y el regidor del cosmos. Dicho enfrentamiento Kronos lo lleva cabo con el auxilio de su madre, Gaia (Γαία), de quien Urano se había enemistado  después de enviar a sus hijos, los centimani y cíclopes, al Tártaro, donde se convirtieron en guardianes de su imperio, tomando la forma de ciclones. Pero después de tomar el trono de Urano, Kronos paranoide, se convierte, como su padre, en un devorador de sus propios hijos, nacidos de Rhea, su hermana y cónyuge (el pasado devorando el futuro). Sin embargo, Rhea logra salvar al pequeño Zeus, escondiéndolo de Kronos en una cueva de Creta. Será Zeus, el dios olímpico, que al crecer vengue a sus hermanos, peleando y triunfando sobre los titanes, y castrando y asesinando a Kronos. Es en Plutarco y Cicerón donde encontramos la referencia a Kronos con el padre del tiempo, al ser éste un dios de las cosechas y marcar el tiempo de las estaciones. No obstante, el origen etimológico de la palabra Kronos sigue siendo un misterio.

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La expulsión del paraíso: Cioran

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Diletante en el paraíso a pesar de todo, el hombre no ha dejado de serlo desde que fue expulsado: ¿acaso no procedió a la conquista de la tierra con una seriedad y un empeño de los que no se le creería capaz? Sin embargo lleva en sí y sobre sí algo de irreal, de no terrestre, que se descubre durante las pausas de su febrilidad. A fuerza de vaguedad y de equívoco, es de aquí y no es de aquí. Cuando se le observa durante esos momentos en que su carrera disminuye o se detiene, ¿acaso no se percibe en su mirada la exasperación o el remordimiento de haber echado a perder, no solamente su primera alegría, sino también ese exilio que ansiaba con tal avidez? Una sombra luchando contra simulacros, un sonámbulo que se mira caminar, que contempla sus movimientos sin discernir ni su dirección ni su razón. La manera mediante la cual ha optado saber es un atentado, un pecado si se prefiere, una indiscreción criminal contra la creación a la que ha reducido a un montón de objetos delante de los cuales él se eleva en tanto destructor, dignidad que sostiene más bien por bravata que por pasión, y lo prueba ese aspecto aturullado que ya tenía cuando el asunto del fruto; de golpe se sintió solo en el Edén, y más solo iba a sentirse en la tierra donde, a causa de la maldición especial que le está destinada, había de formar ““un imperio dentro de un imperio””. Clarividente e insensato, no tiene su igual: verdadera alteración de las leyes de la naturaleza, nada permitía presumir su aparición. ¿Acaso era necesario, él, quien moralmente es más deforme de lo que, físicamente, eran los dinosaurios? Tomándolo en cuenta, considerándolo sin complacencias, se entiende por qué no se le convierte impunemente en un tema de reflexión. La insistencia de un monstruo sobre otro monstruo es doblemente monstruosa: olvidar al hombre, e inclusive a la idea que encarna, debería constituir el preámbulo de cualquier terapia. La salvación viene del ser, no de los seres, pues nadie se cura en contacto con sus propios males.

Fragmento de La Caída en el Tiempo

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