W. H. Auden: Detengan los relojes, descuelguen el teléfono

auden

 

Detengan los relojes, descuelguen el teléfono,
con un hueso jugoso eviten que el perro ladre,
silencien los pianos y con un sordo timbal
traigan el ataúd, dejen que los dolientes vengan.

Dejen que los aviones nos sobrevuelen en círculos luctuosos
garabateando en el cielo el mensaje Él se ha muerto,
pongan moños alrededor de los cuellos de las palomas
permitan a los policías usar negros guantes de algodón.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
mi mediodía, mi medianoche, mi palabra, mi canción;
creía que el amor perduraría por siempre: me equivoqué.

No precisamos las estrellas ahora; apáguenlas todas;
empaquen la luna y desmantelen el sol;
drenen el océano y barran los bosques;
porque desde ahora nada será como antes.

 

versión:  Rodrigo Arriagada Zubieta 

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Sor Juana Inés de la Cruz: Detente

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Detente, sombra, de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
imgen: Gerd Ludwig
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Lucian Blaga: Melancolía

Sin título

Un errabundo viento borra sus lágrimas frías
en los cristales. Llueve.
Inquietantes tristezas me llegan, pero todo
el dolor que siento no lo siento en mí,
en el corazón,
en el pecho,
sino en las gotas pasajeras de la lluvia.
Injertado a mi ser el inmenso mundo
con su otoño y su crepúsculo
me duele como una llaga.
Hacia las peñas pasan las nubes de rebosantes ubres.
Y llueve.

 

versión: Darío Novaceanu

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Gottfried Benn: La muerte de Orfeo

Emile Levy - Death of Orpheus 1866 Orsay

 

Cómo me dejas, amada, del Erebo expulsado
en ese inhóspito Rodopi que se aproxima al bosque,

a las bayas bicolores,

a los frutos maduros, creando follaje
tocando la lira
con el dedo en la cuerda.

¡

Tres años ya entre la tormenta del norte!

Es dulce pensar en la muerte,
tan lejana,
se oye la clara voz,

se sienten los besos,
los efímeros y los profundos también,

¡pero tú vagarás entre las sombras!

Cómo me dejas,
por las ninfas de los ríos acosados,
llamado por las bellas de las peñas,

arrullado: “en el bosque desierto
sólo faunos y sátiros, mas tú,
poeta, inauguras
la luz de bronce y un cielo de golondrinas…

desaparece el canto…
¡Olvidar!”

 

¡Amenazan…!

Y una extraña mirada fija.
Y una grande, manchada, jaspeada,
de piel multicolor (“amapola amarilla”)

seduce con humildad y alusiones de castidad,

con lujuria… (¡púrpura
en la copa del amor…!) ¡En balde!

¡Amenazan…!

No, tú no pasarás,
tú no cambiarás
en Yole, Dríope, Procne;
tus rasgos no se mezclarán con Atalanta,

si me es posible, con Laíada,
llamar a Eurídice…

Pero… ¡amenazan…!

y aquí las piedras
no siguen ya a la voz,
al poeta,
el follaje en las hojas crece,

la azada espiga en silencio desnuda…

ahora indefenso para la carnada de las perras,

para la disolución…
ahora ya la pestaña húmeda,
el paladar sangra…

y aquí la lira… bajo el río…

y las riberas cantan…

 

Versión: José Manuel Recillas

imagen: Emile Levy: La muerte de Orfeo

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Georg Trakl: Una tarde otoñal

 

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a Karl Rock

 

La aldea color castaño. Algo oscuro se muestra
Paso a paso en los muros que se alzan en otoño,

Figuras: lo mismo el hombre que la mujer, muertos van

Por habitaciones frescas a preparar su lecho.

Aquí juegan los niños. Sombras pesadas se ensanchan

Encima del estiércol. Las niñas van
Por un húmedo azul y a veces los miran

Con ojos llenos del repiqueteo de la noche.

Hay una taberna para los solitarios
Y un demorarse con paciencia bajo oscuros arcos,

Bajo nubes doradas de tabaco.

Y sin embargo, he aquí al ser negro y cercano.

Bajo las sombras de viejos arcos,
El ebrio medita sobre las aves salvajes a lo lejos.

 

versión: Pura López Colomé

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Robert Lowell: Los Hijos​ de la Luz

Hindenburg | U.S. Naval Station | Lakehurst New Jersey | 5.6.1937 .jpg

 

Nuestros padres extrajeron pan de los troncos y las piedras

y con los huesos de los pieles rojas cercaron sus cultivos;

habían zarpado de un  puerto neerlandés, 

peregrinos despojados de eucaristía

por la noche de Ginebra; y plantaron aquí

las semillas luminosas de la Sierpe;

y aquí el giro de los faros interroga

los ruidosos rascacielos construídos en la roca

y los cirios se consumen junto al altar vacío

y la luz está donde la sangre sin descanso de Caín

hace arder, arder, el insepulto grano

versión: José Homero

imagen:  el incendio del Hindenburg., New Jersey, 1937

 

 

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Rainer María Rilke: Soledad

Floriana Barbu; The bicyclist.

La soledad es como la lluvia,

que sube del mar y avanza hacia la noche.

De llanuras lejanas y perdidas

sube hasta el cielo, que siempre la recoge.

 Y sólo desde el cielo cae en la ciudad.

Es como una lluvia en horas indecisas

cuando todas las sendas apuntan hacia el día

y cuando los cuerpos, que no encontraron nada,

se apartan unos de otros, defraudados y tristes;

y cuando los seres que mutuamente se odian

deben dormir juntos en una misma cama.

Entonces la soledad se marcha con los ríos…

París, 21-9-1902

versión: Antonio Pau

imagen: Fiorana Barbu: El ciclista

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Karl Kraus: Mi fin del mundo

Aksel Waldemar Johannessen Auferstehung 1918

Soñé que llegaba justo a tiempo.
Llegaba en el momento justo
para ver el ocaso del mundo producirse ante mis ojos.
Por un pelo hubiese sido demasiado tarde.
Situado a un paso de Sorrento
¡Signore! gritó el dueño, y súbito
se hundió Capri, visto y no visto, en el mar.
Sin embargo no nos pareció sospechoso,
y una gigantesca llama apuntó hacia nosotros
porque alguien, al otro lado, jugaba con la llave del gas.
Lo más seguro, dijo uno, sería estar en Viena,
¿Cuándo sale el tren? Ya muestra el Vesubio
su lengua al mundo, lo más seguro es Viena.
El patrón se está ahogando y en Nápoles
cientos de proxenetas declaran su inocencia
porque todas sus putas están muertas.
En compensación, piden a los últimos muchachos.
Por supuesto, mucho más seguro sería estar ahora en Viena

  ¿Pero cómo ascender durante el hundimiento?
Arriba vaga un cometa, la luna trasnocha
y el sol, soñoliento, hace horas extra.
La gruta, no obstante, se ha tomado el día libre
y el azufre amarillo del cicerone
espanta, en el acto, a los viajeros.
Un Bravo Stuwer silba en los jardines
contribuyendo a los fuegos artificiales del cielo,
y desde la barca resuena la llamada de auxilio
de los antiguos sirvientes: ¡Tramontano!
También el grito de “¡Loreley!” está presente.
El lirista toca Bella Napoli
en eterna despedida. Quiere ver Nápoles
con su único ojo, ya que el otro está hecho polvo,
y morir. Llena de espanto transcurre la noche.
Un chulo con media oreja partida
la muestra como identificación.
Está aquí y allá y no me deja en paz,
asegurando, continuamente, ser el padrone.
Seguro que lo más seguro sería estar ahora en Viena.
¿Qué puede hacerse esta tarde en Sorrento?
Mi amada duerme con un mendigo,
llueve sangre y no tengo paraguas,
se cierra el cine, cientos de niños pobres
son despedidos y se reúnen en torno a mí
pidiendo un último cigarrillo.
Después mueren. Un cochero azota su caballo
y exclama “¡Ah!” con su última pasión.
¿Quién salvo yo está vivo aún? Si alguien viviera
debería valorar la pérdida en millones.
Ahora salta la marea, la llama prende en el mar
y se fija un letrero en la roca
sobre la que aparece en letra impresa:
¡Ciudadanos de la prensa, consejero imperial! ¡Salud!

versión: Sandra Santana

imagen: Aksel Waldemar Johannsen: Resurrección

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Karl Kraus: Confesión

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Soy tan sólo uno de los epígonos

que habitan la antigua casa del lenguaje.

 

Pues vivo mi propia experiencia en su interior,

estallo entre sus muros y destruyo Tebas.

 

Siguiéndolos, llegué tras los antiguos maestros,

por ello he de vengar con sangre el destino del padre.

 

 

De venganza os hablo. Quiero vengar

la lengua de todos aquellos que la hablan.

 

Soy un epígono que presiente el valor de su linaje

¡Pero vosotros sois los diestros tebanos.

 

versión: Sandra Santana

imagen: Karl Karaus (1930) por Trude Flieschmann

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San Agustín: la memoria y la espera

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“Resulta evidente que el futuro y el pasado no existen, y que es impropio decir: ‘Tres son ls tiempos: pasado, presente y futuro’. Debería decirse: Tres son los tiempos: el presente del pasado, el presente del presente, el presente del futuro’. Estas tres formas existen en el alma, no veo otro lugar como posible: el presente del pasado es la memoria, el presente del presente es la intuición directa, el presente del futuro es la espera”.

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